Y ahora sí, La Pandilla. El campeón de la Copa Ritorno, la tercera copa en importancia del Verde Césped, pero otra vez aparece esa contradicción tan hermosa que tiene el fútbol: una copa puede ocupar un lugar determinado en la estructura del torneo y, sin embargo, significar muchísimo más para quienes la levantan. Porque para La Pandilla esta no es simplemente la Copa Ritorno. Es el primer título de su historia en Depoencuentros. Y para entender lo que significa hay que mirar un poco hacia atrás, porque hace no tanto tiempo este mismo equipo estaba peleando por algo bastante menos glamoroso: quedarse. Hoy tiene una copa. Hace unas semanas estaba haciendo cuentas para no descender. Así de rápido puede cambiar el fútbol cuando un grupo decide no darse por vencido.
La Pandilla llegó a la última fecha como puntero, con diez puntos, apenas uno por encima de Jogo Bonito, que tenía nueve y estaba obligado a ganar para quedarse con el campeonato. No había margen para especular. La Pandilla necesitaba hacer su parte frente a Inter Nados, un rival que venía creciendo y que, aunque no había peleado arriba en esta copa, tenía suficientes jugadores capaces de convertir una tarde tranquila en una tarde larguísima. Y ellos lo sabían. No había que mirar solamente la tabla. Había que jugar el partido.
La Pandilla aplicó su fórmula. Y cuando aparecen juntos Matías Salas y Kevin Alejo, hay peligro. Salas, el número 10, el que piensa, el que encuentra el pase, el que tiene ese vértigo que en el 6 contra 6 puede romper una defensa en un segundo. Y arriba Kevin Alejo, que terminó siendo directamente una pesadilla para los rivales. Eso no es una casualidad. Es una sociedad. Es esa clase de conexión que cuando aparece hace que el fútbol parezca más sencillo de lo que realmente es. Ambos terminan arriba en la tabla de goleadores con 8 pepas cada uno.
Y así llegaron los goles. Dos de Alejo Kevin. Uno de Mati Salas. Y después apareció una de esas escenas que hacen que el fútbol amateur tenga una memoria diferente. Pase de A.Huguetti para T. Huguetti, pum, gol. Su hermano poniendo la pelota y él definiendo, mientras su padre filmaba. Dos hermanos participando de un gol en una final y el padre guardando el momento desde afuera. Hay partidos que se recuerdan por el resultado y hay otros que se recuerdan por una imagen. Esa seguramente quede para siempre. Porque algún día esos hermanos van a mirar ese video y no van a recordar solamente que La Pandilla ganó la Copa Ritorno. Van a recordar que una tarde, jugando juntos, hicieron historia delante de su viejo.
Porque mientras Kevin Alejo y Salas podían aparecer en la planilla con los goles, había otros haciendo el trabajo menos visible. Y ahí aparece otra de las cosas que hacen campeón a un equipo: no todos tienen que hacer lo mismo. Uno marca, otro corre, otro ataja, otro piensa, otro entra, otro aguanta. El fútbol es una suma de pequeñas cosas que, cuando encajan, terminan pareciendo una sola.
Y hay un nombre que merece una mención aparte, aunque esta vez no haya podido estar en la cancha: Matías Fernández. El mariscal. El tipo que estuvo durante el proceso más incómodo, cuando La Pandilla todavía estaba mirando de reojo la zona de descenso y necesitaba sostenerse. Mati no pudo estar en esta final y seguramente haya una parte de esta copa que también sea suya, porque hay jugadores que forman parte del campeonato aunque no estén en la foto del último partido. Están en el recorrido. En las discusiones. En los domingos difíciles. En esos partidos donde no sale nada y hay que seguir viniendo la fecha siguiente.
Y eso es lo que hace todavía más grande esta historia. La Pandilla no venía de una temporada tranquila. Venía de estar a un paso del descenso en el Apertura y necesitó incluso una ayuda ajena para quedarse. Después llegó esta Copa Ritorno y el equipo cambió el tono. Empezó a competir de otra manera. Encontró sociedades. Encontró gol. Encontró confianza. Y cuando apareció la posibilidad de ser campeón, no la dejó pasar.
La fecha anterior había sido una prueba. Ese 2-2 contra Cicloneta abrió la puerta para que los que venían atrás empezaran a ilusionarse. Jogo Bonito miraba la tabla. Los demás hacían cuentas. Y La Pandilla podía haber sentido el golpe. Pero no. Llegó a la última jornada con ese punto de ventaja y entendió algo que parece sencillo pero no lo es: los torneos no solamente se ganan jugando bien, también se ganan sabiendo cerrarlos.
Y cerrarlo no es fácil. Pregúntenle a cualquier entrenador. Cuando el campeonato está ahí, cuando sabés que un empate puede no alcanzar, cuando el rival está obligado a ganar y vos sentís que cada pelota puede ser la última, el fútbol se transforma. La cabeza pesa tanto como las piernas. Por eso tiene tanto mérito lo que hizo La Pandilla. No se escondió. No especuló. Fue a buscarlo.
Y además tuvo que superar un camino que no era precisamente sencillo. En esta copa tuvo que cruzarse con Jogo Bonito, uno de los equipos más laureados de la historia amateur; con los Guerreros Z de Primera A; con Cicloneta, una de las revelaciones de esta competencia; y finalmente con Inter Nados, un equipo que venía creciendo y que llegaba a la definición cargado de buenos nombres. No era una copa cerrada entre equipos de una misma realidad. Había equipos de categorías distintas, historias distintas, generaciones distintas. Y La Pandilla terminó arriba de todos.
Por eso el mérito es enorme. Porque un equipo de la B acaba de convertirse en campeón de una copa donde también participaron equipos de la máxima categoría del Verde Césped. Y lo hizo sin que nadie le regalara nada. Se ganó cada punto. Se bancó la presión. Llegó primero a la última fecha y cuando tuvo que ponerle el moño a la historia, lo puso.
Y entonces aparece esa imagen que también define al fútbol amateur: el padre filmando a sus dos hijos. Los compañeros abrazándose. El arquero que acaba de terminar la final. El que jugó todo. El que entró. El que quedó afuera. El que estuvo mirando desde el banco. El que no pudo venir. Todos forman parte de la misma copa. Porque una copa la levanta un capitán, pero la construye un plantel entero.
Y quizás La Pandilla tenga que disfrutarla todavía más por todo lo que pasó antes. Porque no hace tanto estaban mirando hacia abajo, preocupados por la permanencia. Ahora miran hacia arriba, con un título debajo del brazo. El fútbol tiene esa maravillosa costumbre de darte revancha cuando menos la esperás. Como dijo alguna vez Marcelo Bielsa, “el fútbol es un estado de ánimo”, y La Pandilla cambió el suyo. Cambió la energía, cambió la confianza y terminó encontrando una versión que quizás ni ellos mismos sabían que tenían.
Ahora viene la Primera B y no va a ser sencillo. Para nada. La Masía llega campeón de Intertotos. Hay otros campeones de copa. Está Asado Group, que siempre aparece entre los candidatos. Está Richerdi, un rival que ya sabe cómo complicarlos. Está el propio recorrido de La Pandilla, que ahora tendrá que demostrar que esta copa no fue un accidente, sino el comienzo de algo. Pero ya tienen algo que antes no tenían: la certeza de que pueden ganar.
Y eso, en el fútbol, pesa. Porque una vez que un equipo levanta la primera copa, ya sabe cómo se siente. Sabe cómo es el abrazo. Sabe cómo se mira al compañero después del último silbatazo. Sabe lo que significa escuchar “dale campeón”. Y esa experiencia no se borra.
La Pandilla acaba de escribir la primera página grande de su historia. No la escribió desde la comodidad. La escribió después de estar cerca del descenso. La escribió con jugadores que bancaron cuando no había festejos. La escribió con Salas pensando, Alejo Kevin definiendo, Cejas apareciendo, Leiva sosteniendo, Pulitano corriendo, los Huguetti compartiendo una escena familiar inolvidable y con Mati Fernández, aunque no haya podido estar en la final, formando parte de ese camino que también lo llevó hasta acá.
Y por eso esta copa es de todos. De los que jugaron la final y de los que jugaron antes. De los que hicieron goles y de los que evitaron que los hicieran. De los que estuvieron en la cancha y de los que estuvieron afuera. Porque en el amateur no hay títulos individuales. Hay grupos. Hay amigos. Hay domingos. Hay historias. Y hay momentos que quedan. Este es uno de ellos. La Pandilla es campeón de la Copa Ritorno. Primer título de su historia en Depoencuentros. Y después de haber peleado por no caer, ahora tiene algo mucho más lindo por lo que pelear: seguir creciendo. Porque quizás esta copa no sea el final de la historia de La Pandilla. Quizás sea el principio.
FELICITACIONES.
Inter Nados |
La Pandilla
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3 |
4 |
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| Nro | Jugador | Goles | Pts | Nro | Jugador | Goles | Pts |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | Comiso, Luciano | 7,0 | 1 | Leiva, Joel | 7,5 | ||
| 3 | Mayoral, Lautaro | 6,5 | 4 | Huguetti, Alejo | 7,5 | ||
| 11 | Zumárraga, Lucas | 1 | 7,0 | 9 | Alejo, Kevin | 2 | 8,0 |
| 14 | Bocek, Francesco | 6,5 | 10 | Salas, Matías | 1 | 7,5 | |
| 15 | Maqueda, Thiago | 1 | 7,0 | 14 | Ayala, Agustín | 7,0 | |
| 30 | Vázquez, Marcos | 6,0 | 22 | Huguetti, Tomás | 1 | 7,5 | |
| 81 | Martínez, Mateo | 1 | 6,5 | ||||
| PROMEDIO: | 6,64 | PROMEDIO: | 7,50 | ||||
| PARTIDO: Bueno | ÁRBITRO: | ||||||
| AMONESTADOS: Zumárraga, L. (Inter Nados) ; Leiva, J.; Huguetti, A. (La Pandilla) | |||||||
| Inter Nados | 3 - 4 | La Pandilla |
| Jogo Bonito | 5 - 6 | Cicloneta FC |
| Guerreros Z | 7 - 6 | Queque FC |